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Las dos californianas y el amor (**)

Por Rubén Corral

¿A qué esperamos para ser felices?” dice una de las canciones que componen la entretenida banda sonora original de la película dirigida por James IvoryLe divorce”. Se trata, sin duda, de la pregunta que más atormenta a las hermanas Walker. La mayor, poetisa ella (Naomi Watts lo suficientemente encantadora para una película de James Ivory), vive con su marido en un coqueto y amplio piso en el centro de Paris. Tienen una hija y se encuentran a la espera de su segundo retoño. Sin embargo, hete aquí que el veleidoso pintor que es su marido decide colgar su vida familiar por una rusa también casada (con un estadounidense interpretado por un Matthew Modine, que interpreta el que será uno de los papeles más ridículos que su agente habrá tenido el valor de poner sobre la mesa), y se desencadena el drama: él quiere el divorcio, pero ella no.

La menor de las hermanas Walker (Kate Hudson, así como es ella) llega desde Santa Barbara (no podía ser de otro sitio) para cuidar a su hermana mientras esté embarazada y, de paso, aprovechará para meterse en diversos líos amorosos con bohemios parisinos o maduritos interesantes. En medio de todo este embrollo, un cuadro aparecido en Paris procedente de la herencia familiar de los Walker. Ahora dicen que es de Georges De la Tour. Y su valor, claro, asciende hasta límites pavorosos.

Por partes: la película resulta divertida por momentos. Aunque el guión resulte desigual, con acelerones y frenazos, personajes a los que se hace a un lado por razones desconocidas (a mí tampoco me parece buen actor Jean-Marc Barr, pero su personaje debería tener mucho más peso en el filme) y no pocas escenas que más parecen de relleno que de verdadera enjundia (ocurre, en general, con casi todas en las que aparece Glenn Close, cuyo papel suponemos aumentó cuando se supo el nombre de la actriz a interpretarlo), la habilidad de Ruth Prawer Jhabvala para crear situaciones divertidas se termina imponiendo -si del éxito como comedia romántica atípica hablamos- a la trama en su conjunto. Una historia que combina también con excesiva ligereza no pocas situaciones auténticamente dramáticas -cuando no trágicas- y deliberadamente frívolas.

¿Qué logra con ello Ivory? Pues que el público nunca sepa a qué carta quedarse. La situación es, hasta cierto punto, equiparable a la que se crea con buena parte de la filmografía de los hermanos Coen: por mucho que se pongan profundos o por mucho que fuercen el dramatismo de las situaciones a las que se enfrenten sus personajes siempre termina por salir la vena sarcástica de Joel y Ethan Coen. El problema es que a James Ivory y a Ruth Prawer Jhabvala no los reconocemos precisamente por malear y deformar géneros para crear algo si no nuevo sí personal. Es por ello que “Le divorce” termina quedando como una película de situaciones aisladas, personajes esbozados, ritmo atropellado, ritmo cansino y, sobre todo, de un grupo de reputados actores que, probablemente, supondrá la única razón para regresar alguna vez a este Paris de principios de siglo en el que dos californianas intentaron clavarse y desinfectarse las flechas de Cupido.
 



Esta sección está elaborada entre La Butaca y Anika Cine Magazine. Esperamos que el año que viene el FESTIVAL de Cine de San Sebastián se rasque un poco el bolsillo y nos conceda las acreditaciones que necesitamos para cubrir el evento con más detalle.
FIRMAS:
Eñaut Mateos Gómez (Anika Cine Magazine)
Rubén Corral (La Butaca)
Mateo Sancho Cardiel (La Butaca)

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